No es que esté realmente de acuerdo con esta castiza afirmación, dogma de fé para gran parte de la población masculina nacional, pero me ha sorprendido cuanto me he acercado a ello con el paso del tiempo en lugar de alejarme.
Cuando aún no conocía a las mujeres, hará unos ocho o nueve años, yo era profundamente feminista. Racionalmente era consciente de cómo la mujer había sido tratada como un ser inferior siglo tras siglo por el género masculino. Eran víctimas. Más que eso, las mujeres eran para mí la reserva de ternura de la humanidad frente a la brutalidad innata de los hombres. Hoy sigo creyendo que las mujeres han sido oprimidas por los hombres. Pero como demuestra la historia, ser o haber sido víctima no imposibilita a nadie para ser verdugo.
Durante un tiempo califiqué mi nueva percepción hacia las mujeres como misoginia, luego conocí el verdadero significado de ese término y me di cuento de que lo que yo pensaba se definía mejor como machismo, aunque también hay elementos misóginos. Yo odiaba a muerte el machismo. Con catorce o quince años me indignaba con los gañanes quinquilleros (redundancia) que veía en programas tipo El Diario de Patricia.
Objetivamente las mujeres son tan inteligentes como los hombres. Son capaces de realizar las tareas más complicadas, cosa que he comprobado personalmente, y hay mujeres cuyo genio admiro, por poner un ejemplo, Margarite Yourcenar, con su magnífica Memorias de Adriano. Es en el plano personal, ampliamente entendido, donde creo que fallan.
Por la razón que sea su comportamiento en las relaciones sentimentales es eternamente infantil. Un hombre siempre sabe si una mujer le gusta o no, si le atrae o no, si la ama o no. Las mujeres mandan señales, señales que por cierto siempre hay que adivinar, y si no lo haces eres un lento y un torpe, para luego muchas veces arrepentirse, sin darse cuenta del daño que hacen cuando dejan las cosas a medias. No hablo solo del plano sexual, aunque el calientapollismo debería estar castigado con cárcel. En las relaciones estables suelen volverse muy posesivas, o sentirse infelices por no ser complacidas del todo. El miembro masculino de la pareja queda indefenso ante sus dos métodos de chantaje, el recurso al lloro y la privación de sexo.
Están vacías. Cuando hablo con una mujer jamás encuentro inquietudes que podamos compartir, las conversaciones giran en torno a tres o cuatro temas frívolos. De lo más serio que llegan a hablar es de su trabajo o de sus estudios. Me siento forzado, muchas veces me quedo callado sin saber que decir porque los temas ya me parecen resobaos. Eso también me pasa mucho con los hombres, pero al menos no con todos los hombres. Las pocas veces que una mujer ha entrado en algo elevado la decepción ha sido de campeonato. Siempre ha acabado en una muy peculiar interpretación del asunto, que de forma inexplicable ha acabado relacionado con su objeto de reflexión favorito: YO
Yo, yo y mis amigas, mi hermana y yo, yo, mi padre y yo, mi abuelo y yo...
Esto nos lleva a un concepto de moda, el llamado pagafantas. Dícese del ser bombardeado por neuras de la mujer que corresponde tanta paciencia tratándolo como un ser asexuado. Claro, que lo que no se dice es que si llevamos esta figura hasta sus últimas consecuencias, la conclusión es que la presencia de las mujeres no es deseable si no conlleva una recompensa sexual. Tristemente no puedo dejar de estar de acuerdo.
Se suele argumentar que los hombres solo se fijan en el físico. Cierto, solo que las mujeres también lo hacen, son mucho más exigentes, y encima buscan coartadas para explicar su atracción. Quizá sea culpa de las películas de Disney, donde le mismo tiempo que la princesa y el príncipe eran invariablemente guapos se decía verbalmente que la belleza esta en el interior. El desprecio fascistoide que muestran hacia los que son físicamente inferiores es patente, aunque en esto hay que reconocer que los hombres no van a la zaga.
Ya es un tópico la preferencia de las mujeres por chulos, macarras y demás unterschemen.
Es una exageración, pero por termino medio observamos que es más exitoso el lumpen que el estudiante de informática gafudo y buenazo (¿por qué será que asociamos “inocencia” con falta de agresividad sexual?) a menos que este último salga ganando en la comparación física. Curiosamente quieren a los “chicos malos”, para cambiarlos, fijate tú. Aunque si de vez en cuando se meten en una pelea por ellas, tampoco se quejan. En resumen: en general funciona mejor la agresividad y los malos modos que la amabilidad con las mujeres.
También es cierto, aunque sea otro tópico (que como todos los tópicos tiene una parte de verdad), que las mujeres son inigualables haciéndose daño entre ellas, solo que en daño psicológico y no físico (normalmente). Entre otras cosas, acusándose mutuamente de putas. Evitar este estigma es fundamental para ellas, les va la vida. El sexo sigue siendo algo malo por ellas, a pesar de la muy pretendida liberación. Hay que seguir engañándolas para que lo practiquen, la diferencia con el pasado, es que ahora es más fácil que antaño. Para hacerlo, sobre todo la primera vez en una relación, tienen que entrar en un estado ridículo de sobrexcitación provocado por una situación pretendidamente romántica, o ser presas de nuestro aliado el alcohol, o rendirse ante una belleza física superior. Caídas las barreras de la hipocresía es difícil no sentir un poco de asco ante la puta que emerge, cuando aún se recuerdan las exhibiciones previas de mojigatería. Con dificultad la función de la belleza puede ser sustituida por otro atributo, pero tiene que ser bastante sobresaliente o nanay.
Resentido, me dirás señalándome con el dedo. No lo niego. También los judíos le guardan resentimiento a Adolf Hitler.
Sí, como indica el título de este blog, han sido las novelas de Michel Houllebecq las que me han ayudado a concretar estas ideas, pero debo decir que cuando las leía simplemente tenía la impresión de reencontrarme con cosas que pensaba desde hacía tiempo pero que no había sabido verbalizar. Por eso me gustan tanto.
Claro que si todas son unas putas, todos somos unos hijos de puta, pero esa es otra historia...
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