domingo, 18 de mayo de 2008

Que no nos engañaiiiis... que Aitor Zabaleta era un Jarraiiii... (II)

Otro factor de mi repulsión hacia el, babosamente llamado, deporte rey son los futbolistas, entendidos como seres humanos individuales.

La mayoría de deportistas profesionales despiertan cierta admiración en mí, incluso cuando no me interesa su disciplina. Es gente que se ha estado machacando a entrenamientos normalmente desde antes de cumplir diez años de edad, día tras día, mes tras mes, año tras año. La mayoría depende de subvenciones limitadas, y no pocos tienen que compaginar, con las dificultades que ello supone, la práctica intensiva de su deporte con sus estudios o su trabajo. Un grupo no muy extenso vive con cierta holgura de su pasión pero nada más.

Los futbolistas, al menos los de primera división son muy diferentes. Se encuentran dentro de la capa más privilegiada de la sociedad. Me parece difícil de justificar, aún cuando es verdad que el fútbol mueve mucho dinero, las millonadas que se embolsan por realizar una actividad que les encanta y que no proporciona ningún beneficio material a los consumidores. Eso no es culpa de los futbolistas, claro está. Si a mí me ofrecieran veinte millones de euros por escribir este blog los aceptaría sin dudarlo, es algo humano. Pero coincide; no sé si por azar, o quizá por una relación inversamente proporcional entre la habilidad con los pies y el tamaño del cerebro aún no descubierta por la ciencia; que los jugadores de fútbol no son capaces de llevar esta situación de privilegio con una mínima dignidad. Se dedican a vivir de las rentas de su talento innato, dándose a la buena vida y a exhibir su riqueza de forma hortera y ridícula... entrenar es muy duro cuando uno se ha pasado la noche de garito en garito, con las zorras de discoteca haciendo cola para follarte. O peor aún, habiéndola pasado, a base de putas, alcohol y/o rayas de coca.

Su presencia en los medios de comunicación es de vergüenza ajena. Oírles hablar escupiendo sofismos sobre dos o tres tópicos, siempre los mismos. Ver las pintas de pijos amariconados o de macarras rayando en lo chuloputesco que me llevan la mayor parte de ellos da mucha grima.

No dudo de que hay excepciones, pero eso son, por desgracia, excepciones.

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