domingo, 22 de junio de 2008

Yo no soy demócrata

Se han hecho ingentes esfuerzos por convencernos de que la democracia social-liberal es el mejor de los gobiernos posibles, o como se suele decir, atribuyéndoselo a Winston Churchill, la forma de gobierno menos mala.

No puede existir duda de que estas democracias han sido mejores que los demás sistemas que se han implantado hasta ahora, empezando por el liberalismo más o menos autoritario, siguiendo por las dictaduras comunistas de corte soviético y por supuesto que los estados fascistas-racistas.

Durante bastante tiempo pensaba en la posibilidad de un socialismo democrático. Un día tengo que hablar de ello, ahora que se cumplen cuarenta años de la Primavera de Praga, ciudad que visitaré en breve. Ahora, después de años de reflexión ya no soy socialista, y tampoco soy demócrata. Ambas corrientes de pensamiento las he abandonado al constatar de forma empírica como es la masa del pueblo en realidad.

Hace un siglo se creía que la instrucción general podría redimir la oscuridad de los desfavorecidos hasta límites insospechados. La experiencia ha demostrado que esa premisa era falsa: no todos los que están abajo en la escala social han llegado allí por puro azar. Se puede enseñar a casi toda la población a leer y escribir, las cuatro reglas y a conocer la geografía de su país; pero no se puede lograr que una mayoría sea inteligente o culta. El estado natural de la humanidad parece ser la estupidez y para reducirla hay que librar arduas batallas. En este país con su pésima educación, la situación es dramática respecto a la mayor parte de Occidente.
No podemos permitir (Nosotros) que millones de cretinos tengan influencia sobre la economía, las leyes, la guerra o la paz. El sufragio universal es un error comprensible, pero un error.
No estoy abogando por el puño de hierro, ni tampoco por el gobierno de los filósofos, sino simplemente por ser selectivos, sin exagerar. a la hora de permitir a los ciudadanos participar en política.

Establezcamos una democracia censitaria, basada no en el dinero ni en la sangre, sino en la inteligencia demostrable. Hablo de tests para acceder a un carnet de votante, basados en conocimientos básicos y tan neutrales como sea posible de historia, política, economía y geografía. Un saber mínimo que en realidad apelaría más al esfuerzo y al interés que al intelecto. Y para la capa amplia de ciudadanos capaces la máxima capacidad de decisión, referendos a tutiplén facilitados por las nuevas tecnologías.

El gran Aristóteles ya marco el camino. Politeia frente a Demagogia.

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