Otro factor de mi repulsión hacia el, babosamente llamado, deporte rey son los futbolistas, entendidos como seres humanos individuales.
La mayoría de deportistas profesionales despiertan cierta admiración en mí, incluso cuando no me interesa su disciplina. Es gente que se ha estado machacando a entrenamientos normalmente desde antes de cumplir diez años de edad, día tras día, mes tras mes, año tras año. La mayoría depende de subvenciones limitadas, y no pocos tienen que compaginar, con las dificultades que ello supone, la práctica intensiva de su deporte con sus estudios o su trabajo. Un grupo no muy extenso vive con cierta holgura de su pasión pero nada más.
Los futbolistas, al menos los de primera división son muy diferentes. Se encuentran dentro de la capa más privilegiada de la sociedad. Me parece difícil de justificar, aún cuando es verdad que el fútbol mueve mucho dinero, las millonadas que se embolsan por realizar una actividad que les encanta y que no proporciona ningún beneficio material a los consumidores. Eso no es culpa de los futbolistas, claro está. Si a mí me ofrecieran veinte millones de euros por escribir este blog los aceptaría sin dudarlo, es algo humano. Pero coincide; no sé si por azar, o quizá por una relación inversamente proporcional entre la habilidad con los pies y el tamaño del cerebro aún no descubierta por la ciencia; que los jugadores de fútbol no son capaces de llevar esta situación de privilegio con una mínima dignidad. Se dedican a vivir de las rentas de su talento innato, dándose a la buena vida y a exhibir su riqueza de forma hortera y ridícula... entrenar es muy duro cuando uno se ha pasado la noche de garito en garito, con las zorras de discoteca haciendo cola para follarte. O peor aún, habiéndola pasado, a base de putas, alcohol y/o rayas de coca.
Su presencia en los medios de comunicación es de vergüenza ajena. Oírles hablar escupiendo sofismos sobre dos o tres tópicos, siempre los mismos. Ver las pintas de pijos amariconados o de macarras rayando en lo chuloputesco que me llevan la mayor parte de ellos da mucha grima.
No dudo de que hay excepciones, pero eso son, por desgracia, excepciones.
domingo, 18 de mayo de 2008
lunes, 12 de mayo de 2008
Que no nos engañaiiiis... que Aitor Zabaleta era un jarraiiii... (I)
Esta simpática estrofa la cantaba hace unos meses un conocido mío, decentemente vestido y peinado, bailando en una discoteca hacia las cuatro de la mañana con diez o más cubatas encima. Es necesario aclarar que el alegre chavalote, militante del PP, jamás se definiría como fascista; a pesar de tener empapelada su habitación con material que en Alemania le costaría unas cuantas detenciones; y de dedicar de forma constante reflexiones poco amables hacia los negros, los moros y los izquierdosos.
Tarde o temprano tenía que escribirlo en este blog, y con el ambiente desatado por el fin próximo y ya decidido de la temporada es un buen momento: odio el fútbol. No soy objetivo ni pretendo serlo. Jamás me gusto. Soy un inválido para los deportes de equipo y no me agrada practicarlos, pero es que, además, el fútbol me parece tremendamente aburrido comparado con otras disciplinas. El baloncesto, por poner un ejemplo, al menos mantiene a todos los jugadores en constante tensión, y el resultado no esta nunca decidido hasta los últimos escasos minutos de partido. En el fútbol hay una lentísima sucesión de movimientos del balón, ocurriendo que si juegas atrás te puedes pasar mucho más tiempo mirando el esférico que jugando, y en cuanto un equipo supera en dos goles al contrario el encuentro esta casi sentenciado. Recuerdo con tristeza el momento en que mis amigos de muy pequeño abandonaron los juegos en los que era imprescindible la imaginación por esa pesadez. Puedo verme a mí mismo comiendo pipas acuclillado en una posición elevada, pensando en mis cosas mientras les observaba.
Si me parece poco emocionante jugar a este deporte, entenderéis que dedicarse a verlo sea para mí la madre de todos los tedios. La gente suele decirme que hay que saber apreciar el juego, ver las maravillas que hacen algunos jugadores, las filigranas como se suele decir. Que si mira que disparo, que menuda vaselina, que si que destreza al esquivar a los defensas. Son cosas que muy pocos seres humanos pueden hacer. Estoy de acuerdo, pero también hay gente, quizá solo una decena en todo el planeta, capaz de sujetar una pértiga sobre la barbilla, o de arrastrar un camión enganchándoselo con un yugo, e igualmente me importa una mierda; son habilidades que no son relevantes para la civilización, su lugar en todo caso está en el circo. Supongo que es algo innato en mí, puesto que a un tío mío que me llevo a ver un partido al estadio con cuatro o cinco años no hice mas que darle el coñazo, llegando incluso a tirarle un kas naranja encima al pobre.
Tarde o temprano tenía que escribirlo en este blog, y con el ambiente desatado por el fin próximo y ya decidido de la temporada es un buen momento: odio el fútbol. No soy objetivo ni pretendo serlo. Jamás me gusto. Soy un inválido para los deportes de equipo y no me agrada practicarlos, pero es que, además, el fútbol me parece tremendamente aburrido comparado con otras disciplinas. El baloncesto, por poner un ejemplo, al menos mantiene a todos los jugadores en constante tensión, y el resultado no esta nunca decidido hasta los últimos escasos minutos de partido. En el fútbol hay una lentísima sucesión de movimientos del balón, ocurriendo que si juegas atrás te puedes pasar mucho más tiempo mirando el esférico que jugando, y en cuanto un equipo supera en dos goles al contrario el encuentro esta casi sentenciado. Recuerdo con tristeza el momento en que mis amigos de muy pequeño abandonaron los juegos en los que era imprescindible la imaginación por esa pesadez. Puedo verme a mí mismo comiendo pipas acuclillado en una posición elevada, pensando en mis cosas mientras les observaba.
Si me parece poco emocionante jugar a este deporte, entenderéis que dedicarse a verlo sea para mí la madre de todos los tedios. La gente suele decirme que hay que saber apreciar el juego, ver las maravillas que hacen algunos jugadores, las filigranas como se suele decir. Que si mira que disparo, que menuda vaselina, que si que destreza al esquivar a los defensas. Son cosas que muy pocos seres humanos pueden hacer. Estoy de acuerdo, pero también hay gente, quizá solo una decena en todo el planeta, capaz de sujetar una pértiga sobre la barbilla, o de arrastrar un camión enganchándoselo con un yugo, e igualmente me importa una mierda; son habilidades que no son relevantes para la civilización, su lugar en todo caso está en el circo. Supongo que es algo innato en mí, puesto que a un tío mío que me llevo a ver un partido al estadio con cuatro o cinco años no hice mas que darle el coñazo, llegando incluso a tirarle un kas naranja encima al pobre.
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