Esta simpática estrofa la cantaba hace unos meses un conocido mío, decentemente vestido y peinado, bailando en una discoteca hacia las cuatro de la mañana con diez o más cubatas encima. Es necesario aclarar que el alegre chavalote, militante del PP, jamás se definiría como fascista; a pesar de tener empapelada su habitación con material que en Alemania le costaría unas cuantas detenciones; y de dedicar de forma constante reflexiones poco amables hacia los negros, los moros y los izquierdosos.
Tarde o temprano tenía que escribirlo en este blog, y con el ambiente desatado por el fin próximo y ya decidido de la temporada es un buen momento: odio el fútbol. No soy objetivo ni pretendo serlo. Jamás me gusto. Soy un inválido para los deportes de equipo y no me agrada practicarlos, pero es que, además, el fútbol me parece tremendamente aburrido comparado con otras disciplinas. El baloncesto, por poner un ejemplo, al menos mantiene a todos los jugadores en constante tensión, y el resultado no esta nunca decidido hasta los últimos escasos minutos de partido. En el fútbol hay una lentísima sucesión de movimientos del balón, ocurriendo que si juegas atrás te puedes pasar mucho más tiempo mirando el esférico que jugando, y en cuanto un equipo supera en dos goles al contrario el encuentro esta casi sentenciado. Recuerdo con tristeza el momento en que mis amigos de muy pequeño abandonaron los juegos en los que era imprescindible la imaginación por esa pesadez. Puedo verme a mí mismo comiendo pipas acuclillado en una posición elevada, pensando en mis cosas mientras les observaba.
Si me parece poco emocionante jugar a este deporte, entenderéis que dedicarse a verlo sea para mí la madre de todos los tedios. La gente suele decirme que hay que saber apreciar el juego, ver las maravillas que hacen algunos jugadores, las filigranas como se suele decir. Que si mira que disparo, que menuda vaselina, que si que destreza al esquivar a los defensas. Son cosas que muy pocos seres humanos pueden hacer. Estoy de acuerdo, pero también hay gente, quizá solo una decena en todo el planeta, capaz de sujetar una pértiga sobre la barbilla, o de arrastrar un camión enganchándoselo con un yugo, e igualmente me importa una mierda; son habilidades que no son relevantes para la civilización, su lugar en todo caso está en el circo. Supongo que es algo innato en mí, puesto que a un tío mío que me llevo a ver un partido al estadio con cuatro o cinco años no hice mas que darle el coñazo, llegando incluso a tirarle un kas naranja encima al pobre.
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