lunes, 21 de abril de 2008

Y se rieron, y se rieron... (Judy Garlan en Vencedores o Vencidos)

A veces me siento como Jorge de Burgos, el siniestro bibliotecario de El Nombre de la Rosa. No explicaré a que viene nombrar a este personaje porque le jodería el final de la novela o de la película a quien no lo conozca.

No niego que el humor es una de las fuentes de felicidad de que dispone el ser humano, la risa es manifiestamente beneficiosa para el cuerpo, pero me preocupa y me molesta el uso que se le da la mayoría de las veces.

Las sensaciones humorísticas siempre se construyen CONTRA ALGO, despreciándolo, haciendo ver que no es correcto, que no es como debería ser. Por tanto es destructivo.
Esta capacidad destructiva puede usarse para el bien o para el mal.

El humor ha tenido aplicaciones benignas en la crítica de sistemas políticos o la ridiculización de dogmas. Un ejemplo muy claro son las caricaturas de tiranos que se han hecho desde antiguo en Occidente, siendo El Gran Dictador de Chaplin la obra maestra de este, podríamos decir, género.

Pero el uso más común del humor es el de simple arma de agresión entre particulares. Los hombres se refocilan en la ridiculización de los atributos físicos o mentales de aquellos a los que consideran inferiores. Es una vía para reforzar su mezquina autoestima. En nuestra sociedad la más cara forma de humillación a los otros es la de índole sexual. Mientras que antiguamente se burlaban de aquellos que caían en el vicio carnal (bueno, ahora también, pero solo si son mujeres), actualmente se regodean en señalar a los que no gozan del sexo, o al menos de los que lo disfrutanan menos que el burlador.

Sin embargo el humor solo alcanza sus cotas de utilización más vil en determinadas circunstancias históricas: cuando se emplea para el vil linchamiento colectivo contra minorías, logrando que los hombres parezcan repugnantes monos de mandíbula batiente. Buscad las caricaturas que dibujaron los antisemitas acerca del caso Dreyfuss, echadle un vistazo a las basuras publicadas en Der Stürmer por Julius Streicher. Vereis la otra cara del humor.

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